TaaS: Training as a Service

En esta época de aislamiento social que nos está tocando vivir se observa un natural incremento de la oferta de formación virtual o a distancia. Todas las organizaciones dedicadas a la formación (colegios, universidades, escuelas de negocio) están aprovechando los recursos tecnológicos disponibles para seguir conectando con los alumnos, en la necesidad de continuar sus etapas educativas o de ofrecer a quienes no lo son un sinfín de oportunidades de aprendizaje, con diversos formatos de seguimiento de la experiencia de formación.

Es probable que el número de horas dedicadas por buena parte de la población mundial en desplazarse a sus puestos de trabajo a diario hoy se estén aprovechando en las múltiples plataformas de formación disponibles, lo cual es una excelente noticia para los que pensamos que el aprendizaje continuo a lo largo de la vida (lifelong learning) ya no sólo es una exigencia derivada de un mundo en constante cambio, sino la más eficaz defensa contra la pérdida de la empleabilidad que supone el avance tecnológico.

La alteración y destrucción de buena parte de las ocupaciones que hoy conocemos en virtud de la automatización no es algo nuevo, pues con cada revolución industrial y con cada hito técnico, hemos conocido cómo han desaparecido ciertos oficios y se han creado otros. Lo importante es el balance, es decir, si el avance tecnológico implica que el número de nuevas ocupaciones es superior al de las desaparecidas.

Los cocheros de los coches de caballos pudieron asistir a la extinción de su ocupación gracias al señor Ford, pero en cambio se crearon oficios que antes no se habían imaginado, desde los dedicados al asfaltado de las carreteras hasta los relacionadas con los suministros y mantenimiento de los automóviles. Hoy las nuevas profesiones digitales (científico de datos, scrum manager, experto en ciberseguridad, desarrolladores, etc.) se abren paso en un mercado de trabajo que va poniendo en peligro todas las profesiones basadas en conocimientos o habilidades manuales o predecibles.

Con cada avance en ese secular intento humano que los trabajos penosos, rutinarios o de bajo valor añadido sean realizados por máquinas vamos a colocar a la sociedad en una división fundamental: los que tienen acceso a educación y los que no.

La formación será el elemento social más diferenciador en relación con el mantenimiento del trabajo y, por tanto, del progreso como individuos y como sociedades.

Pero, se puede objetar, si hasta la prestigiosa Harvard ofrece cursos online, ¿no es verdad que basta una conexión a la Red para acceder a contenidos hasta ahora sólo accesibles por una minoría? La respuesta a esto es compleja. Más importante que dominar los últimos conocimientos en cualquier materia, donde cualquier humano será batido con pasmosa facilidad por cualquier máquina (recordemos que en nuestros teléfonos caben más conocimientos que los que cualquier sabio medieval pudo imaginar jamás), se trata de poseer y dominar ciertas habilidades, ora innatas, ora desarrollables.

La creatividad, el pensamiento lateral, el trabajo en equipo, la visión, la inteligencia relacional o la toma de decisiones en entornos inciertos serán claves para diferenciarse en un mercado que irán ocupando las máquinas, desplazando todas las tareas repetitivas o que tengan un componente de predictibilidad.

Y esto afecta de una forma clara a cómo nos enfrentarnos al dominio de un oficio o cómo podemos enfocar la educación de nuestros hijos. ¿De verdad pensamos que con cuatro o cinco años en la Universidad quedarán preparados para un futuro de 30, 40 o 50 años absolutamente impredecible?

La educación superior dejará de ser la última etapa del itinerario educativo para convertirse en una actividad permanente, y perderá por tanto el nombre de etapa.

Al igual que hemos pasado de la propiedad de muchos bienes y servicios al uso o suscripción, creo que pasará lo mismo en la educación.

Nadie se compra una licencia para instalar un software, pues éste ya está en la nube para su uso cuando se precise; nadie (salvo los cinéfilos irredentos) se compra una película o serie, pues ya está disponible en Netflix o HBO; los jóvenes piensan que comprar un coche y tenerlo aparcado el noventa y cinco del tiempo es absurdo y usan Uber, Blabacar o similar. De la misma forma, la adquisición de unos conocimientos en un momento de la vida dará forma a una estructura mental, al igual que lo hicieron aquellas matemáticas, lengua o geografía en la escuela, pero serán absolutamente insuficientes para abordar con garantías una empleabilidad de por vida y una llegada plácida al retiro con 65, 70 o 75 años.

Por ello, las Universidades y quizás otros actores del segmento de la educación para adultos creo que empezarán a pensar en términos de suscripción (TaaS, Training as a Service), pues querremos tener la posibilidad de actualizarnos continuamente, bajo demanda, e incluso de borrar de nuestros discos duros cerebrales aquello que se quedó inútil u obsoleto.

La intermitencia en la formación a lo largo de toda la vida ha venido para quedarse.

Igual que nadie se sentiría seguro en manos de un médico que hace mucho que se graduó y no está al tanto de las nuevas investigaciones en su especialidad, o de un asesor fiscal que no se empapa continuamente de la nueva legislación, la propuesta de valor que como profesionales ofrecemos a nuestros clientes o empleadores pasa por una buena preparación técnica, las habilidades necesarias y una actitud positiva.

Y ello se cimenta no sólo en el aprendizaje y puesta en práctica de conocimientos que el actual sistema educativo encapsula en grados o carreras. Esa adquisición ha de ser multidisciplinar, y siguiendo con el ejemplo anterior, quien sólo sabe de Medicina o de Leyes ni una cosa ni otra sabe. El aprendizaje de cualquier oficio requiere, además de sus rudimentos técnicos, el desarrollo de las capacidades tecnológicas asociadas al mismo y las habilidades (soft skills) necesarias no para batir a la máquina, sino para diferenciaros de ella.


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